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TDAH, un problema que se debe conocer mejor

Entre las numerosas siglas que han cobrado protagonismo en estos últimos años está el TDAH. Detrás de ella está un tema del que antes casi no se hablaba y que ahora es un campo que es cada vez más habitual en la salud mental y también en el neurodesarrollo.

La evolución que ha tenido a nivel histórico nos muestra cómo ha ido cambiando la forma en la que se observa la infancia, se entiende la conducta y se describen los problemas de atención y la impulsividad.

Ahora vemos cómo comienza a cambiar la forma en la que se acompaña a las personas que padecen dicho trastorno, de una manera más amplia y más atenta a las diferentes etapas de la vida. Vamos a conocer más sobre ello, ¿no?

Un recorrido largo

La denominación de TDAH no siempre fue la actual. Antes de que hubiese dicha etiqueta, existían descripciones clínicas sobre niños que demostraban una gran inquietud, problemas para mantener la atención y una conducta más impulsiva de lo que era hasta ahora. Dichas observaciones aparecieron progresivamente en la literatura médica de Europa y luego en otros lugares del mundo.

Uno de los primeros nombres que describió signos similares a los que hoy asociamos con dicho trastorno fue el pediatra George F.Still en 1902.

Partiendo de ahí, lo cierto es que la visión sobre dicho problema fue cambiando con el paso del tiempo, hasta el punto de que pasaría por diferentes denominaciones y enfoques clínicos. Lo más interesante es que la comprensión actual no fue algo que naciera de golpe, sino de décadas de observación, revisión y debate.

El camino de la conducta al neurodesarrollo

Durante bastante tiempo, los problemas que se asociaban al TDAH eran interpretados con base en la conducta. Al verse al niño distraído, movido o con comportamientos impulsivos, no siempre se entendía que detrás existía un problema de mayor complejidad.

Al avanzar el conocimiento, lo que ocurrió es que el trastorno pasó a vincularse con el funcionamiento ejecutivo, la autorregulación y el neurodesarrollo. Este cambio a nivel conceptual fue clave, ya que colaboró en dejar atrás algunas explicaciones que eran muy simples.

El TDAH, como nos recuerdan los profesionales de clínica Nea, no se percibe solamente como un problema de comportamiento, sino que es una condición que afecta a la organización, al control de impulsos, a la atención y a la gestión de la actividad. Todo esto terminó abriendo una puerta hacia un abordaje más serio y de mayor utilidad.

¿Qué supuso el diagnóstico?

El que se pudiese poner nombre a este trastorno hizo que cambiase mucho la experiencia de bastantes familias. Cuando se identifica un problema, deja de ser interpretado como una falta de interés, mala educación o desobediencia. Esto no soluciona todo, pero sí que cambia la forma en la que se ve al niño, adolescente o adulto que tiene TDAH.

Al mismo tiempo, el diagnóstico ha llegado a generar importantes debates. No siempre es sencillo establecer límites claros entre lo que es parte del desarrollo normal y lo que precisa de atención clínica. Por todo ello, hay que tener cuidado al establecer el diagnóstico, que deberá ser completo y adaptado a cada caso en particular. Un diagnóstico acertado y no etiquetar por etiquetar, lo que hace es orientar mejor la ayuda.

Infancia, adolescencia y edad adulta

Pese a que el TDAH empieza en la infancia, sí que puede extenderse años después. Mucho tiempo se pensaba que desaparecía con el paso de los años, pero ahora se sabe que hay bastantes casos en los que sigue estando presente en la adolescencia y la edad adulta. Al final, todo esto cambia la forma de entenderlo. La vida en la escuela es el primer escenario en el que se hace presente, puesto que es allí donde aparecen las demandas de atención sostenida, organización y cumplimiento de tareas.

Años después, en la adolescencia, pueden llegar a aumentar otros problemas más relacionados con temas como la impulsividad, la autoestima o la adaptación social. En la edad adulta, los problemas aparecen en el ámbito laboral, al gestionar el tiempo, la planificación o la constancia.

La importancia del contexto

Desde luego que el lugar que ocupa el contexto en la historia del TDAH es clave. La manera en la que una persona vive dicho trastorno es algo que depende bastante del entorno escolar, familiar, laboral y social. No es igual crecer con apoyo que hacerlo en un ambiente en el que solamente se ven los errores.

Por todo ello, es habitual que se hable con más frecuencia del acompañamiento y menos de la corrección aislada. La intervención efectiva no trata solamente de pedir más esfuerzo, sino de que se ajusten las expectativas, de que se ofrezcan herramientas y que se creen condiciones que sean más favorables para el funcionamiento diario de la persona. Sin lugar a dudas, el entorno puede influir negativamente, empeorando el problema o colaborando con una mejor gestión.

¿Qué tratamiento se da al TDAH en la actualidad?

Ahora hay un enfoque más completo que en el pasado. Existe una combinación de recursos médicos, psicológicos, educativos y de apoyo familiar. Una mirada interdisciplinar con la que es posible atender mejor los síntomas y las consecuencias prácticas en el día a día.

La intervención debe adaptarse a la edad y a las necesidades en concreto de cada persona. Hay casos en los que pesa más el trabajo en la escuela, como en el caso del hijo de mi mejor amigo, y en otros la regulación de las emociones o la organización. El objetivo no es borrar la diferencia, sino reducir el impacto negativo que se puede producir cuando no hay un buen acompañamiento.

Qué puede venir en el futuro

El futuro del TDAH apunta hacia una atención más personalizada y más precisa. Es probable que se incorporen mejor la inteligencia artificial, las evaluaciones digitales y las intervenciones adaptadas a perfiles muy concretos. Eso podría ayudar a mejorar el diagnóstico y a ajustar mejor los apoyos.

Se espera que exista una visión más integrada de la persona, en la que el trastorno no se vea solamente como una mera suma de síntomas. El interés por la calidad de vida, la regulación de las emociones y la adaptación funcional va a seguir aumentando. Está claro que el TDAH precisa de soluciones flexibles y no de respuestas en las que la rigidez sea la protagonista.

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